lunes, 19 de enero de 2009

La escalera

Hoy cierro los ojos y sigo viéndola tal y como la veía entonces, aunque mis ojos ya no son los de aquel niño. Casi a oscuras, con esa luz velada que parecía surgir del cielo mismo y que en los días de verano permitía ver el polvo en suspensión, una vez que franqueabas aquellas enormes puertas de madera, cuya llave, grande y antigua, de color mercurio, tintineaba en el bolsillo, al fondo del inmenso portal estaba el arranque de los alargados peldaños de la escalera que llevaba a las guardillas, a la casa de mi abuela. Una vez dentro del portal, y antes de comenzar la subida, era obligado mirar a la derecha, donde el ventanuco de la portería en ocasiones albergaba el rostro de la portera y con quien, casi de forma ritual, mi madre, que la conocía desde su infancia, se detenía a conversar. Cumplido el tramite te esperaban, en tramos que formaban una cuadricula prácticamente perfecta, aquellos escalones de madera que crujían, quejándose, lamentándose por el esfuerzo de aupar hacia las alturas a quienes los hollaban.

Recuerdo muy bien el primer tramo, aquellos dos escalones iniciales que te invitaban a ir más arriba haciéndote fácil el ascenso y que eran, en realidad, el lugar donde se anclaba el final de una barandilla de barrotes de hierro pintados en negro sobre los que descansaba un pasamanos de madera al que a duras penas lograba asirme y que mi madre miraba con la nostalgia que da el haber bajado por él en numerosas ocasiones cuando niña. Si observabas en silencio, a cada peldaño se le podía oír contar una historia, su propia e individual historia, y que se percibía en la concavidad que el desgaste de años le hacia igual y a la vez diferente de todos sus hermanos, socavadas las vetas de madera que constituían su transitada alma.

El edificio, ubicado en el centro de Madrid, casi esquina con la otrora llamada plaza del Progreso y hoy conocida como Tirso de Molina, era antiguo, muy antiguo, casi tanto como la propia ciudad que lo acogía, y las paredes, a tono con el mismo, no desmerecían el conjunto. Las tengo en mi memoria en tonos beiges hasta media altura aportando su porción de oscuridad al espacio y blancas hasta el lejano techo. Todo en la niñez parece enorme, gigante en ocasiones y los aquellos escalones no eran una excepción, ya que jamás abarque con los brazos abiertos el espacio existente entre la pared y la barandilla que impedía precipitarse al vacío insondable que la escalera albergaba en su interior y cuya altura, casi de cuatro pisos, provocaba vértigo. El mismo vértigo que, inapreciablemente, te impelía a subir apartado de la baranda, ganando el centro y desgastando más aún, si ello era posible, los combados peldaños hasta deformarlos.

Aquella escalera ….

Es breve, pero quiero pensar que hubiese satisfecho a aquel profesor de literatura, cuyo nombre no consigo recordar, que nada más comenzar el 2º curso del antiguo Bachillerato Unificado Polivalente que yo hice, nos encargó, sin anestesia de ninguna clase, una redacción sobre una escalera, sin más aclaración. Lo hacia cada comienzo de curso y comprobaba, así a las bravas, nuestra capacidad descriptiva, nuestra imaginación, nuestro nivel de redacción y nuestra ortografía, además de nuestra habilidad para afrontar, con pocos datos, una tarea nueva que nos era encomendada, habilidad esta última demostradamente útil en la vida. ¡Vaya si lo comprobaba! Si alguno de sus antiguos alumnos, mi propio hermano fue uno de ellos, lee esto sabrá a quien me refiero.

2 comentarios:

Antonio Parra Sanz dijo...

Muy bueno, Roberto, pero que muy bueno, ya puestos, ¿qué tal si le das voz a cada peldaño, y cuentas las muchas historias que cada uno guarda en su madera? Ahí tendrías mucha tela que "contar". Abrazos.

Roberto Fernández Puente dijo...

Todo se andará Antonio. Todo se andara... No me lo había planteado pero "mi santa" insiste, insiste mucho y me da que lo va a conseguir.

Muchas gracias por los elogios. Siempre son bien recibidos.

Saludos