miércoles, 14 de abril de 2010

La importancia de hablar bien.

Es frecuente, harto frecuente, que a aquellas personas, niños en su mayoría, que sobresalen por su dedicación al estudio y su corrección en la expresión hablada y escrita se les tilde de “empollones” y “repipis”. Es decir, ya desde la más tierna infancia sobresalir, en este caso por algo loable y encomiable como es la educación, se penaliza contundentemente. El asunto no mejora en absoluto cuando se alcanza la pubertad, esa edad indefinida que los adultos denominamos “la edad del pavo”. Persistiendo el supuesto, es decir el chico o chica, ya algo más crecido, que destaca por su corrección y dedicación al estudio, y al que le cambian el apellido atribuido por su entorno y pasa a ser “el motivado”. Termino muy actual que contiene en el tono toda la carga de desprecio que la masa en abstracto dispensa a los que son distintos al resto de la manada. Luego la vida te muestra numerosas ocasiones en las que hablar correctamente te puede sacar de algún aprieto y no hacerlo meterte de cabeza en un atolladero.

Esto que les escribo me ha hecho recordar con sumo cariño a la persona protagonista de una entretenida anécdota y que trabajó en mi oficina, hace ya algunas primaveras. Una muchacha alegre y pizpireta, como correspondía con su insultante juventud, que tenía un punto “gamberro” notable y sumamente divertido. Su manera de expresarse, siendo educada y cortes, distaba de ser correcta y ella lo atribuía a que durante su infancia, que había pasado en la Guinea española hasta que el país alcanzó la independencia, estuvo al cargo de un “ayo” o criado nativo de quien recibió enseñanzas en portugués que unidas a las recibidas en español de sus progenitores alcanzaron su máximo exponente en el idioma que hablaba. En sus propias palabras “portuñol”. Ella no daba demasiada importancia a lo que decía hasta que vivió lo que procedo a relatar que le hizo cambiar, y radicalmente, de opinión esmerándose en lo que decía y como lo decía.

La cosa sucedió más o menos así. Aficionada al esquí como era, había acudido a las pistas de Navacerrada con su grupo de amigos y el entonces novio, luego flamante marido. Finalizada la jornada procedieron a recuperarse mediante un ágape en “Venta Arias”, conocido restaurante del puerto de Navacerrada en Madrid. Al, probablemente, frugal refrigerio, pues ya era entrada la tarde, le siguió un reconfortante café del que mi amiga, en nombre del grupo, se encargo en persona. Se dirigió al camarero de la barra y muy resuelta le solicito una serie de cafés, en sus múltiples variedades y por último, y cito textualmente, “un caliqueño”. La cara del camarero era un poema ya que no acertaba a entender cuáles eran las pretensiones de mi amiga y muy correctamente le pidió que le describiese, exactamente, a que se refería. Mi amiga, que empezaba a intuir que algo no encajaba replico “bueno, pues eso, un caliqueño. A ver, café con un poco de coñac”. El camarero sonrió y confirmo sus temores. No iba a haber “tema”. Educadamente la atendió, sirvió y cobró lo servido.

De vuelta a la mesa, mi amiga, bastante escamada, llevo en un aparte a su novio y le conto lo sucedido. El novio sí que puso primero cara de espanto y luego una sonora carcajada en su rostro al explicarle que lo que había pedido se llamaba “carajillo” y que lo que solicitaba al camarero era algo, profundamente diferente, que, luego, en privado, le explicaría con detalle porque una cosa era una cosa y otra, otra.

Por si acaso cuiden el lenguaje o no. Todo depende.

2 comentarios: